Suponer lo obvio solo retrasa la solución
A lo largo de la jornada, las personas de una Empresa tienen que solucionar problemas que surgen. Esto es una parte importante del trabajo, y en general es inevitable porque se depende de innumerables factores externos que los provocan.
A partir de este punto, lo habitual es, si se puede, analizar el origen del problema para poder determinar la mejor solución, siempre en el menor tiempo posible, por aquello de que nos lo 'exigen' (verbo muy de moda, sobre todo en la actual clase política) o porque simplemente no queremos que se alargue más de lo necesario.
Pero cuando no tenemos claro el origen del problema, recurrimos a acotarlo mediante eliminación de situaciones o causas que no son, de forma que aparezca por haber quedado como única opción. Y este recurso es más utilizado de lo que creemos, aunque lo hacemos de forma tan intuitiva que ni lo sabemos. Y es aquí cuando surge el verdadero problema: no verificamos las cosas más sencillas, las damos por buenas simplemente porque es tan obvio que 'seguro que no es eso'. Por ello, nos sumergimos en una sucesión de averigüaciones y comprobaciones cada vez de mayor complejidad, sin haber comprobado lo más simple, lo obvio, y lo que, por pura estadística, suele ser lo que realmente causa el problema.
Un ejemplo: cuando entramos en la oficina un día de invierno automáticamente conectamos la calefacción, esperamos unos minutos y, en vista de que no sale aire, ni caliente ni frío, nos vamos al cuadro eléctrico por si hubiera 'saltado' el automático, comprobamos que hay alimentación, llamamos a Mantenimiento, preguntamos a nuestros compañeros si a ellos les va, y seguimos sin tener el deseado aire caliente. Sólo cuando nuestro estado de ánimo pasa de inquietud a una cierta desesperación, nos dirigimos al termostato y vemos que alguien ha cambiado la consigna y está en 10º, por lo que nunca entra en funcionamiento ya que la oficina no está tan fría. La causa más probable es que el personal de limpieza lo haya manipulado de forma involuntaria y haya modificado la consigna, pero nosotros habíamos supuesto que esto no se toca nunca, y que no sería una causa. Conclusión: hemos atrasado la solución unos 20 minutos por haber supuesto lo obvio.
En definitiva, aunque algunos compañeros nos miren con cara de asombro cuando planteemos revisar las cosas más elementales, es mucho más productivo ir de lo simple (u obvio si se prefiere) a lo complicado, pero siempre en ese orden. Se tarda menos tiempo.


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23/02/2010 |
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